Edificios Espectaculares

Palacio de la Artes Reina Sofía, Valencia. Santiago Calatrava, 2005


A comienzos de Diciembre de 2016 la revista “Gaveta Económica” que dirige el periodista Antonio Salazar publicó un artículo titulado “¿Pueden proyectos estrella desarrollar entornos deprimidos?“.

Era un esfuerzo por explicar y entender el papel que determinados edificios supuestamente vanguardistas pueden desempeñar en la construcción de la imagen de marca de las ciudades y regiones urbanas. Y con ello, evaluar de alguna manera su aportación estética al aumento del atractivo turístico. Y, en definitiva, su repercusión económica al desarrollo concreto de determinados lugares.

Todo ello surgió a raíz de unas desafortunadas declaraciones del arquitecto Santiago Calatrava en relación a su proyecto de auditorio para la isla de Tenerife -uno de esos edificios espectaculares en la estela del museo Guggenheim de Bilbao y de la Opera de Sidney- que tuvo un sobrecoste del 800% hasta superar los 100 millones de €uros.

En ese artículo hice algunas declaraciones en referencia a la mejora cultural colectiva que este tipo de trabajos de arquitectura suponen realmente: unos edificios espectaculares caracterizados por la aportación de una monumentalidad gratuita carente de ética. En relación a la propensión de los responsables políticos a caer en la ensoñación de este tipo de reclamos, consideraba que ello se debe a que

“Hoy vivimos en un entorno enormemente competitivo en el que lo espectacular tiene un valor muy importante. Y, en eso, los lugares pugnan , entre otras cosas, generando imagen de marca mediante la producción de arquitectura icónica. Por ello, parece que este tipo de arquitecturas tiene un valor importante en el aumento del atractivo de los lugares. Sobre todo para aquellos que viven de la industria turística.

Desde luego, su contribución a la cultura local es ínfimo y estéticamente sus valores son totalmente irrelevantes. No creo que pasen a la historia como piezas de arte valiosas”.

Allí reflexionaba también sobre el problema del descontrol de los costes de ejecución en los edificios espectaculares. Además, estas piezas arquitectónicas singulares suelen caracterizarse por la complejidad innecesaria y una estética sumamente dudosa.

“En esto, los arquitectos que juegan a la producción de edificios espectaculares actúan de una manera irresponsable. Solo les preocupa la generación de imágenes fantasiosas que causen admiración y los costes no les preocupan lo más mínimo. Por ello, en caso de aceptar la realización de este tipo de infraestructuras poco funcionales y que son proyectadas constructivamente con cierto descuido, se debería precisar con mucho detalle en los contratos, tanto a los técnicos responsables como a las empresas constructoras, a quien corresponde esa responsabilidad económica y en qué medida, para garantizar que los posibles desvíos no repercutan a la sociedad que pretende obtener retornos. Este es sobre todo un problema legal y administrativo”. 

En el caso del arquitecto Calatrava, estas consecuencias se agravan porque es alguien que trata de eludir las responsabilidades de sus acciones, cubriéndose de un manto de artisticidad. Así muchos edificios por él proyectados no son funcionales o presentan graves complicaciones estructurales y constructivas en el corto plazo. Este tipo de actividad cuasi artesanal es muy proclive al problema de la agencia: cuanto más cara resulta más beneficia a los que las diseñan y se responsabilizan, más allá de intentar sutilmente evadir las responsabilidades que se puedan derivar. Es preciso aplicar lo que ya preveía el Código de Hammurabi hace varios milenios cuando se propuso que “si se arruinan bienes, el constructor tendrá que compensarlos en su totalidad, y si el edificio s deteriora o cae debido a que no se hubiera ejecutado de una forma apropiada, tendrá que reconstruirlo a sus propias expensas”.

Después de una década de enormes dificultades económicas derivadas de la irresponsabilidad colectiva, el diluvio de obras espectaculares de arquitectura ha remitido en cierta medida. No obstante, este tipo de actuaciones siguen teniendo un atractivo innegable para determinados líderes empresariales y políticos incautos. Como señalaba en aquellas declaraciones a la “Gaveta Económica”:

“Hoy, en muchas ciudades y regiones del mundo, se sigue confiando obras de este tipo a arquitectos con capacidad de atracción mediática. Sin embargo, creo que dedicar recursos públicos a estas cuestiones de imagen es actualmente una irresponsabilidad en un entorno de escasez creciente de medios materiales y crecientes necesidades colectivas. Me parece muchísimo más importante atender a la dotación y mejora de los servicios públicos para toda la población, en áreas como la asistencia social a las personas de mayor edad y los jóvenes, sanidad pública y gratuita, transporte colectivo más extenso y eficiente, mejor educación y acceso a las expresiones culturales de calidad y, finalmente, provisión de vivienda para aquellos que hoy no tienen capacidad para acceder a ella. Esto último, algo muy olvidado hoy por nuestros responsables políticos”.

Algunos de los problemas de la arquitectura icónica surgen a partir de la ausencia de una aportación artística consecuente con las capacidades del entorno en que se generan. En lugares con enormes carencias colectivas, ingentes caudales públicos no se deberían destinar de una manera incontrolada para ejecutar aparatos simbólicos carentes de anclaje cultural. En estos edificios, el esteticismo oculta a duras penas la ausencia de verdad y todo acaba convertido en otra forma de falsa propaganda que tiende a tergiversar y ocultar la realidad.

A continuación, se puede leer una copia del artículo completo en el que se reflexiona sobre los edificios espectaculares: